"Esa noche, a última hora, pasé junto al despacho de mi padre y oí que hablaba con Rahim Kan. Presioné el oído contra la puerta cerrada.
—...agradecido de que está sano —decía Rahim Kan.
—Lo sé, lo sé. Pero siempre está enterrado entre esos libros o dando vueltas por la casa como si estuviese perdido en algún sueño.
—¿Y?
—Yo no era así. —Baba parecía frustrado, casi enfadado.
Rahim Kan se echó a reír.
—Los niños no son cuadernos para colorear. No los puedes pintar con tus colores favoritos.
—Te lo aseguro —dijo Baba—, yo no era así en absoluto, ni tampoco ninguno de los niños junto a los que me crié.
—¿Sabes? A veces pienso que eres el hombre más egocéntrico que conozco —replicó Rahim Kan. Era la única persona que yo conocía capaz de decirle algo así a Baba.
—No tiene nada que ver con eso.
—¿No?
—No.
—¿Entonces con qué?
Oí que el sofá de piel de Baba crujía cuando cambió de posición. Cerré los ojos y presioné la oreja con más fuerza contra la puerta; por una parte quería escuchar, por otra no.
—A veces miro por esta ventana y lo veo jugar en la calle con los niños del vecindario. Lo empujan, le quitan los juguetes, le dan codazos, golpes... ¿Y sabes? Nunca se defiende. Nunca. Se limita a..., agacha la cabeza y...
—Por lo tanto, no es violento —dijo Rahim Kan.
—No me refiero a eso, Rahim, y lo sabes —contraatacó Baba—. A ese chico le falta algo.
—Sí, una vena de maldad.
—La defensa propia no tiene nada que ver con la maldad. ¿Sabes qué sucede cuando los chicos del vecindario se ríen de él? Que sale Hassan y los echa a todos. Lo he visto con mis propios ojos. Y cuando regresan a casa, le pregunto: «¿Cómo es que Hassan lleva ese arañazo en la cara?» Y él me dice: «Se ha caído.» De verdad, Rahim, a ese chico le falta algo.
—Tienes que dejar que encuentre su camino —sugirió Rahim Kan.
—¿Y hacia dónde dirigirá sus pasos? Un muchacho que no sabe defenderse por sí mismo acaba por convertirse en un hombre que no sabe hacer frente a nada.
—Simplificas en exceso, como siempre.
—No lo creo.
—¿No será que lo que te preocupa en realidad es que no se haga cargo de tus negocios?
—¿Quién es el que simplifica ahora en exceso? Mira, sé que entre vosotros dos existe un afecto y eso hace que me sienta feliz. Envidioso, pero feliz. De verdad. Necesita alguien que... que lo comprenda, porque Dios bien sabe que yo no puedo. Pero hay algo en Amir que me preocupa de un modo que no sé expresar. Es como... —Podía verlo buscando, eligiendo las palabras adecuadas. Bajó la voz, pero lo oía de todos modos—. Si no hubiese visto con mis propios ojos cómo el médico lo extraía del cuerpo de mi esposa, jamás hubiese creído que es mi hijo.
A la mañana siguiente, mientras me preparaba el desayuno, Hassan me preguntó si me preocupaba algo. Le hice callar y le dije que se ocupara de sus asuntos.
Rahim Kan se había equivocado con respecto a lo de la vena de maldad."
—...agradecido de que está sano —decía Rahim Kan.
—Lo sé, lo sé. Pero siempre está enterrado entre esos libros o dando vueltas por la casa como si estuviese perdido en algún sueño.
—¿Y?
—Yo no era así. —Baba parecía frustrado, casi enfadado.
Rahim Kan se echó a reír.
—Los niños no son cuadernos para colorear. No los puedes pintar con tus colores favoritos.
—Te lo aseguro —dijo Baba—, yo no era así en absoluto, ni tampoco ninguno de los niños junto a los que me crié.
—¿Sabes? A veces pienso que eres el hombre más egocéntrico que conozco —replicó Rahim Kan. Era la única persona que yo conocía capaz de decirle algo así a Baba.
—No tiene nada que ver con eso.
—¿No?
—No.
—¿Entonces con qué?
Oí que el sofá de piel de Baba crujía cuando cambió de posición. Cerré los ojos y presioné la oreja con más fuerza contra la puerta; por una parte quería escuchar, por otra no.
—A veces miro por esta ventana y lo veo jugar en la calle con los niños del vecindario. Lo empujan, le quitan los juguetes, le dan codazos, golpes... ¿Y sabes? Nunca se defiende. Nunca. Se limita a..., agacha la cabeza y...
—Por lo tanto, no es violento —dijo Rahim Kan.
—No me refiero a eso, Rahim, y lo sabes —contraatacó Baba—. A ese chico le falta algo.
—Sí, una vena de maldad.
—La defensa propia no tiene nada que ver con la maldad. ¿Sabes qué sucede cuando los chicos del vecindario se ríen de él? Que sale Hassan y los echa a todos. Lo he visto con mis propios ojos. Y cuando regresan a casa, le pregunto: «¿Cómo es que Hassan lleva ese arañazo en la cara?» Y él me dice: «Se ha caído.» De verdad, Rahim, a ese chico le falta algo.
—Tienes que dejar que encuentre su camino —sugirió Rahim Kan.
—¿Y hacia dónde dirigirá sus pasos? Un muchacho que no sabe defenderse por sí mismo acaba por convertirse en un hombre que no sabe hacer frente a nada.
—Simplificas en exceso, como siempre.
—No lo creo.
—¿No será que lo que te preocupa en realidad es que no se haga cargo de tus negocios?
—¿Quién es el que simplifica ahora en exceso? Mira, sé que entre vosotros dos existe un afecto y eso hace que me sienta feliz. Envidioso, pero feliz. De verdad. Necesita alguien que... que lo comprenda, porque Dios bien sabe que yo no puedo. Pero hay algo en Amir que me preocupa de un modo que no sé expresar. Es como... —Podía verlo buscando, eligiendo las palabras adecuadas. Bajó la voz, pero lo oía de todos modos—. Si no hubiese visto con mis propios ojos cómo el médico lo extraía del cuerpo de mi esposa, jamás hubiese creído que es mi hijo.
A la mañana siguiente, mientras me preparaba el desayuno, Hassan me preguntó si me preocupaba algo. Le hice callar y le dije que se ocupara de sus asuntos.
Rahim Kan se había equivocado con respecto a lo de la vena de maldad."
Cometas en el cielo - Khaled Hosseini

