Desde hace unas semanas, un asunto que creía en su mayor medida superado me ha vuelto a rondar la cabeza y a llenar de deseos por realizarlo. No es que lo haya abandonado por completo pero su ejecución, en demasía esporádica, era más un condicionamiento contextuado que un acto por satisfacer deseos, incluso las veces que lo hice, no me fue del todo agradable, al menos no como lo recordaba pero en la actualidad la añoranza de aquellas agradables sensaciones, sinónimo de unos minutos conmigo misma, de la mente tranquila, me embargan, el deseo me consume y me cuesta mantenerme fria ante esta situación, ante estas ansias que confunden y combinan ideas y conceptos que solo son parte del imaginario popular con respecto al acto de fumar.
Extraño todo lo que rodea a esta situación, desde mínimos detalles como sacar la cinta delgada y transparente para abrir un paquete y luego sacar de un tirón, sin romperlo, el papel plateado que los guarda, sentir el olor característico de esos cilindros tan bien ubicados, tanto que si se saca uno, hay que ser cuidadoso para volver a meterlo ya que se arrugan o se rompen. Tener, de preferencia, los labios secos o minimamente humectados - pintados - para así no cometer la inmundicia de humedecer el filtro (acto que, puede ser medianamente tolerable en un cigarro personal pero en uno comunitario es muestra de que, o la persona no sabe fumar o tiene una boca desbordante de desagradable saliva que no puede controlar y de preferencia, un cigarrillo manchado con lapiz labial no es comunitario) hasta las escenarios y experiencias creadas alrededor del tabaco quemándose, cosas como los juegos de hacer argollas de humo (cosa que nunca he podido), el clásico universal: café y cigarrillos (diria una buena compañía - humana o literaria - pero aquello no siempre es factible) o el no menos clásico cigarrillo fumado de manera intranquila en un mal lugar y con mal -triste, melancólico, iracundo, etc.- humor. También están los recuerdos; fumar a escondidas en los baños del colegio o el largo camino de vuelta a casa, con los amigos, conversaciones, risas y cigarrillos; el fumar pensando en X persona y que su inicial se marque en el filtro una vez acabado (una mediocre -y por suerte inofensiva- manera de "fumarse a alguien"); un cigarrillo y un vodka naranja, uno en cada mano, a las 3 a.m. mientras Damon Albarn, David Gahan, Jarvis Cocker, Morrisey o Suede (solo por mencionar a los que más suenan en los antros que frecuento) te hacen moverte, en realidad sin mucho ritmo pero contenta; el cigarrillo de espera; el cigarrilo conversado, entre coqueteos y besos; el cigarrillo que se fuma acompañado de un extraño al que solo le pediste fuego pero también te "convido" una conversación.
Un cigarro, un simple cigarro puede provocar, evocar, unir, destruir. Las ansias inducidas por la nada, por lo placenteramente efímero y mortal, un susurro del alquitran, un beso del humo. Deseo un beso ahumado, quizás incluso medio mentolado.

